Y Jesús resucitó

Se acerca otra Pascua de Resurrección. ¡ Cuánta falta nos hace poder vivirla con el corazón!

Jesús es condenado a muerte

“Jesús compareció ante el gobernador, y éste le preguntó:

¿Tú eres el rey de los judíos?

Él respondió:

Tú lo dices.

Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilatos le dijo: 

¿No oyes todo lo que declaran contra Ti?

Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. Entonces, Pilatos puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado” (Mt 27, 11-14; 26).

Este Jesús condenado a muerte se ve reflejado en los chicos y adolescentes de la calle. En realidad no son de la calle, están en la calle. Y lo están porque fueron condenados. Condenados a no poder ir a la escuela, a no poder ir al médico ni al hospital, a no tener familia. Condenados a tener hambre, frío, tener que pedir y, llegado el caso, a robar.Ellos no quieren vivir así, no eligieron esta vida. Fueron condenados a muerte por la sociedad, y por cada uno de nosotros que solamente nos acordamos de ellos cuando nos molestan para limpiarnos el vidrio del auto o pedirnos una monedita para comer.

Y, como Jesús, lo aceptan en silencio. Nosotros, mientras tanto, nos excusamos diciendo: “la plata se la gastan en cualquier cosa”, o peor aún: “no le doy nada porque seguramente son explotados por un adulto”. Y no pensamos en ellos, en sus vidas, en sus sueños, si es que a esa corta edad todavía les queda alguno. Ni siquiera les preguntamos el nombre, y tratamos de esquivarlos o despacharlos rápidamente.

¿Qué hacemos por ellos además de darles las monedas que nos sobran? ¿Vemos al Jesús condenado a muerte en ellos?

Jesús carga con la Cruz

“Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo: ¡Salud, Rey de los judíos!. Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. Después de haberse burlado de Él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo” (Mc 15, 16-20)

Este Jesús que carga con la cruz se ve reflejado en los enfermos terminales. Ellos cargan su pesada cruz a diario. Sobrellevan una enfermedad que los conduce inexorablemente hacia la muerte. Y, al igual que Jesús, camino al Calvario, lo saben. La mayoría de ellos sufre en soledad.

Pocos los acompañan y, por esta razón, su dolor es doble. La Madre Teresa cuenta de un enfermo de SIDA que le decía: “Cuando el dolor de cabeza se me hace insoportable los comparo con los sufrimientos que tuvo que sentir Jesús por la coronación de espinas”. Sumado a estos dolores físicos, algunos padecen la discriminación y el abandono, con lo que su pasión es terriblemente angustiante.

¿Cuál es nuestra actitud hacia ellos? ¿Los acompañamos en su cruz de todos los días? ¿Vemos en ellos a Jesús con la cruz a cuestas?

Jesús cae tres veces con la Cruz

“Jesús camina hacia el Calvario. El peso de la cruz es tan grande que no resiste y cae. Los soldados lo levantan a la fuerza y lo obligan a seguir. Pero ya no tiene fuerzas, y vuelve a caer. María, que lo acompaña de cerca, sufre con Él. Una vez más lo levantan y, una vez más, vuelve a caer.” (Relato de la Tradición)

Este Jesús que carga con la cruz se ve reflejado en los adictos. En su vía crucis personal ellos también caen. Caen en la droga, en el alcohol, muchas veces en la prostitución. Nosotros pretendemos levantarlos a la fuerza. No los comprendemos.

Si caen es porque no les quedan fuerzas para llevar su cruz. Por falta o por exceso, ellos no pueden cargar con su vida. Y caen. Nosotros nos limitamos a condenarlos nuevamente, a hacerles más pesado el peso de su cruz.

¿Vemos en ellos al Jesús que cae porque no puede soportar más el peso de la cruz?

El cireneo es obligado a cargar con la Cruz y La Verónica limpia el rostro de Jesús

“Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: lugar del Cráneo” (Mc 15, 21-22)

“Una de las mujeres, de nombre Verónica, se acercó a Jesús y con un paño limpió su rostro” (Relato de la Sagrada Tradición)

Este Jesús que carga con la cruz se ve reflejado en los abuelos abandonados. Ellos, muchas veces, son olvidados por las mismas personas de las que tanto cuidaron durante sus vidas. Necesitan que les demostremos cariño, que les dediquemos tiempo, que nos ocupemos de ellos.

Sin embargo, depositados en un geriátrico o abandonados en sus casas, pasan los últimos años de su vida ignorados hasta por sus seres más queridos.

¿Sentimos que son una carga que estamos obligados a llevar o, por el contrario, vamos a su encuentro? ¿Vemos en ellos a Jesús?

Jesús es despojado de sus vestiduras

“Los soldados tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí:

No la rompamos. Vamos a sortearla para ver a quien le toca.

Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados” (Jn 19, 23-24)

Este Jesús despojado de sus vestiduras se ve hoy reflejado en cada uno de los desocupados y desempleados. La guardia romana, que detentaba el poder, comete la injusticia más grande: no sólo condena a un inocente, sino que además lo humilla e intenta quitarle lo más propio del hombre: su dignidad. Y lo desnudan, así como se desnuda hoy a todos aquellos hombres y mujeres cuando se los trata como objetos reemplazables, según las necesidades del mercado laboral. Se les quita la dignidad cuando se los obliga a mendigar un derecho propio, cuando se los explota, cuando se abusa de ellos.

Pero ellos, al igual que Jesús, a pesar de la impotencia por la situación, a pesar de quedar en ridículo ante los ojos de los demás, a pesar de la desesperación y la angustia, se resisten a perder su dignidad. Y aceptan su destino, saliendo todos los días, por ellos y por sus familias, caminando con el diario en la mano, como cargando una pesada cruz.

¿Vemos a ese Jesús despojado de sus vestiduras en cada uno de estos hombres y mujeres?

Jesús es crucificado

“Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: El Rey de los judíos. Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda”

(Mc 15, 25-27)

Este Jesús clavado en la cruz se ve reflejado en cada una de las víctimas de los atentados internacionales y de las guerras. De modo especial recordemos el atentado del 11 de setiembre y el último atentado de Madrid.

También otra experiencia de muerte es la consecuencia de las guerras. Cuántos seres humanos, sean soldados o civiles, han muerto durante los conflictos de Irak, Afganistán.

Todos ellos murieron víctimas de algo que pudo haberse evitado. Así como Pilatos tuvo en sus manos la suerte de Jesús, los líderes mundiales hoy son los verdaderos responsables de esas muertes. Y no sólo de ellos sino también de las familias destrozadas, los niños sin futuro, el hambre y la sed reinantes, las injusticias de todo tipo.

Los que no murieron viven inmersos en una realidad de muerte, resignados y sin nada de esperanza. Pueblos crucificados, muestran hoy al mundo lo mismo que mostró Jesús mientras era clavado en la cruz: el odio que puede generar el egoísmo del hombre y sus consecuencias: la soledad y la muerte.

Nosotros estamos lejos. Vemos las imágenes de los atentados, de las guerras como si fueran de una película de Hollywood. Muertos y mutilados, sangre en las cámaras de televisión. Muchas veces observamos casi pasivamente, con indiferencia, y lo que es peor, terminamos acostumbrándonos a esa realidad.

¿Nos damos cuenta de que eso está pasando de verdad? Cada bomba que explotó, cada misil que se lanzó, fue un clavo enterrado en ese pueblo, que ligó su destino a la cruz de la soledad y de la indiferencia de los demás.

¿Vemos a Jesús crucificado en aquellos hombres y mujeres víctimas de las guerras y del terrorismo internacional?

Jesús muere en la Cruz

“Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

¿No eres tú el Mesías. Sálvate a ti mismo y a nosotros.

Pero el otro lo increpaba, diciéndole:

¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo.

Y decía:

Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino.

Él le respondió:

Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:

"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró” (Lc 23, 39-46)

En esta imagen de Jesús con los dos ladrones crucificados nos vemos reflejados nosotros, los argentinos. Jesús muerto en la cruz es la máxima expresión del amor de Dios a los hombres, donde se solidariza totalmente con la humanidad.

Al igual que los bandidos, nosotros también nos encontramos crucificados hoy por nuestras propias culpas, por los errores del pasado. Como pueblo, vivimos la angustia de la desesperanza, de la soledad y el dolor que traen la falta de trabajo, las mismas situaciones de corrupción que se repiten una y otra vez y el ridículo frente a los demás pueblos. Y al igual que aquellos ladrones, buscamos terminar con esta situación.

Jesús en la cruz injustamente, viviendo en silencio su paso de la vida a la muerte, hace que nos sintamos cerca suyo, nos identifica. Y entonces lo encontramos allí, y a él nos dirigimos.

¿Qué actitud tenemos allí, como pueblo crucificado? Algunos todavía buscan salvarse como pueden, y buscan en Jesús la solución más fácil. Como el mal ladrón, nos surge la solución egoísta, como si no nos resignáramos nunca a admitir nuestra responsabilidad. Indignados con la situación, gritamos: “Jesús, ¿qué haces vos por nosotros?”. Ridículos ante el mundo, seguimos en la nuestra, yendo por la fácil, lo cómodo, con la típica picardía argentina, pensando y creyendo que de esa manera encontraremos la salvación solo porque la pedimos.

Pero también está la otra chance: reconocer nuestra culpa y responsabilidad frente a la situación, y buscar a Jesús que agoniza con nosotros. Como el buen ladrón, que reconoció sus errores que lo condenaban, los asumió, y pidió a Jesús que se acordara de él.

Jesús escucha, como esa tarde en Jerusalén, en silencio. Sólo se dirige a aquel que habla con arrepentimiento y palabras de perdón. Después de admitir su culpa, se solidariza con Jesús y después pide, con corazón sincero, lo más querido en ese momento de dolor: la salvación. Y Jesús la concede.

¿Cómo vivimos nuestra cruz como pueblo argentino? ¿Cómo nos acercamos a Jesús crucificado en busca de nuestra redención? Jesús muerto en la cruz nos muestra el camino de la salvación: pasa por solidarizarse con los hombres y aceptar la propia cruz. Así, cuando nos acerquemos a Jesús solidarizándonos con él, como lo hizo el buen ladrón, confiemos y esperemos en su misericordia.

¿Nos vemos hoy, cada uno de nosotros, aceptando nuestra cruz para salvar al pueblo argentino? ¿Estamos dispuestos a dar hasta nuestra última gota de agua y de sangre por salvar a nuestros hermanos?

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