Y cae la noche de los sueños

Se silencian los sonidos de la tarde e irremisiblemente cae desnuda esta noche de los sueños. Esta noche dormida en los rincones, ancestral y tardía. Esta noche, adormilada y perdida. Manto de ausencias y vacíos. Esta lejana noche ya sin sueños.
 M.

FUERA
DEL LABERINTO

 
Nunca hubo un mediodía aquí. Las curvas de las galerías son la única
sorpresa. Algunas veces, los pasillos giran con brusquedad, o con una
suave levedad hacia la izquierda o la derecha. En ocasiones, incluso el
suelo asciende como una ladera que se endereza hacia la cima de una
colina. Pero después, rápidamente, el camino desciende hacia una
rectitud cercana a una planicie. Entre los planos rectos e inclinados y
las curvas, se abren grietas penumbrosas. 

 
Y soy la multitud. Y, como la muchedumbre,
vivo
dentro de las galerías donde el aire destila
sofocación y encierro.  

  
En
las partes altas del laberinto habitan los que se creen los
mejores espíritus. Ellos repiten que existir es saber que no
hay salida. Que en ninguna parte existe lo
que brilla con una gran salud. ¿Por qué buscar fuera de lo único que es? Sólo es el tiempo.
Que corre. Y envejece. Entre
los pasadizos. Laberínticos.

 
Desde
sus altos pedestales, los sabios del dédalo me hacen
recordar, me piden que no olvide: "No hay
afuera. No hay salida en los pasadillos. Nada exterior invade las
galerías. No quieras comprender lo que podría
ser. Sólo respira lo que es. Mira lo que debes
aceptar.  Camina, no te detengas, y mira el edificio que
crece hacia lo alto".

  
Sí,
veo aquel edificio. De hecho estoy dentro de él. Estoy
dentro de una serpiente de cuerpo vertical que asciende. Y
escucho, desde hace unos pocos segundos, un sonido
monótono. Y, allí, allí cerca… 

 
Nuevos pisos se suman uno encima del otro en el edificio que
me han señalado los sabios. Miles viven aquí; y millones viven en los muchos edificios
que existen dentro del intrincado
laberinto. Los millones de seres gritan, aman, lloran. 

 
"Mira
bien al ser ensimismado en cada ser", me gritan los sabios de
las altas gradas. "No hay nada distinto de lo que ves".

 
Mientras
tanto, sigo escuchando el sonido monótono. Y allí, allí cerca…

 
La
noche lame los techos. La señal de su
llegada es un leve avivamiento de las luces de
neón de las calles, del resplandor que brota desde las
ventanas. En el reposo nocturno, los sueños liberan
monstruos y  carencias. Muchas pesadillas se pueblan
con grotescos
seres que brotan de los sepulcros. Los cementerios parecen
colmados de presencias siniestras capaces de no agotar nunca
su avidez por estrangular o confundir. En otros sueños,
crecen uñas que desgarran la
piel, y rasguñan todo sitio de paz y esperanza. Y, en otros sueños,
aúlla la frustración, el quejido impotente por no poder
paladear alguna fuente de plenitud. Y en otras ensoñaciones,
se libera lo reprimido durante el día: los cuerpos entrelazados en todas las
variantes del sexo surgen entre jadeos y estallidos de
placer. 

   
En todos los sueños de la noche y el laberinto, vive la amenaza incesante, el acecho de nubes
tenebrosas, y los deseos que sólo se cumplen en
jardines imaginarios. Todo se repite. Toda va. Y vuelve. El
deseo continuo. Y la no satisfacción perpetua. Todo late. En
un único movimiento. Pendular. Dentro. Del laberinto. 

 
"Es sabio aceptar
un único movimiento pendular
del corazón. ¡A
céptalo!
¡Acéptalo!", me gritan los sabios desde las alturas de
las gradas; mientras sigo escuchando el sonido monótono. Y
allí, allí cerca…

 
En el día o en la noche, entre el temblor de las lámparas, nada puede
correr mucho más allá de las curvas o las rectas de las galerías.
Ningún gran espacio vacío abre la densa concentración de los edificios.
Pero la amplitud espacial es aún posible en las pantallas televisivas y
cinematográficas, donde multitudes recorren, con autos veloces,
avenidas anchas y solitarias. Y trepan hasta los más altos pisos con
ligeros ascensores. O viajan en aviones que quiebran varias veces la
velocidad del sonido. Pero el movimiento y la velocidad sólo acontecen
en las imágenes. Cuando los habitantes del laberinto se hartan de ellas
regresan las sensaciones de sofocación. Y encierro. Y entonces a un
hombre o una mujer le es dado imaginar su nombre propagándose y
repitiéndose. Como un eco infinito.

 "
Lo ves, a pesar de todo, en nuestra ciudad existe la
amplitud, y lo que se mueve y expande con placer!", de
nuevo

rugen dentro de mis tímpanos la voz de los
ilustres pensadores en las gradas de las galerías. 

 
Sí,
sí, pero sin embargo, sigo escuchando este sonido monótono.
Y allí, allí cerca…

 
Varias
veces, durante el día o la noche, una fría brisa surca los pasillos. Las ráfagas que pasan y vuelven
calman la angustia, y hacen rodar la columna del sufrimiento que no
alcanza a ser disuelta por ninguna promesa de satisfacción
futura. 

 
"Lo
ves, el
viento pasa y acaricia. Es la esperanza en el triunfo final
de la civilización de las muchas galerías", me insisten
los sabios. "Es la esperanza de la gran victoria que
llegará
alguna vez para desparramarse en el aire del dolor más
profundo".

 
Y
mientras sigo escuchando el sonido monótono, recuerdo lo que
siempre he visto a través de las ventanas, en la superficie de los pavimentos, en las curvas siempre
visibles de las galerías laberínticas. Recuerdo que siempre
he visto alas escapando de los
rostros. 

 
Siempre
he
visto a los sabios enseñando el olvido de la luz. 

 
He visto la
confusión y el tedio ocultándose detrás de las
sonrisas obligadas. 

 
He visto un cementerio que siempre crece. Y las cruces y las lápidas
que se alzan dentro de los edificios, en los pasillos penumbrosos, y en
el centro estéril de las miradas.

 Y
todos van por los mismos caminos. Y todo se hace más
estrecho. 

 Entre
las pantallas, entre las paredes y las angostas galerías,
se repite la resignación; y las pesadillas de los
monstruos; y el deseo de un placer inagotable en jardines
irreales. 

  Todo
se estrecha y sofoca.
El
laberinto ríe entre pantanos. 

 
"No
hay nada más… No hay nada más, ¡Entiéndelo! ¡Acéptalo!", me exhorta con voz melancólica
el más anciano de los sabios de las gradas.

 
Sí,
sí. Pero el sonido monótono termina. Y allí, allí
cerca… 

 
Salgo del ascensor.

 
Subo
por una escalerilla. Me acerco a un borde de la gran
terraza.

  
Y allí, allí cerca, brillan las estrellas, en el espacio libre, sin
fin.

 
Y
allí, allí cerca, fulge un horizonte de agua joven y salvaje. 

 
El
mar  abierto.

  Y
el sol que, lentamente, sin nunca fracasar, brilla.

 
Brilla.

  Esteban Ierardo


 

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