Tanta muerte y tanto horror, tanto !!!

Han matado a alguien. Asì, con minùsculas , solo "alguien". Era maestro (què importa). Tenìa sueños (un detalle menor).Respiraba, soñaba, amaba la vida. Era peligroso. Amaba la vida y soñaba. Era realmente peligroso. Lo mataron en esta Semana Santa. Algùn dìa, Dios y los hombres tendràn que dar cuenta de su muerte. Algún día…

M.

"Nuestras
vidas son los ríos
que van a dar en la mar
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros, medianos
y más chicos,
allegados son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos."

Jorge Manrique "Coplas a la muerte de su padre" (frag.)

Jesús y la ira

" Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare
será culpable de juicio
. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra
su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano,
será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará
expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y
allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda
delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y
presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto
que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y
el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no
saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante."

("El sermòn de la montaña" frag.)

"Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro
mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror.

Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en
las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no
entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto
militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación,
convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura
sin límite y el fusilamiento sin juicio."

Rodolfo Walsh "Carta abierta a la Junta Militar" (frag.)

El
Factor Dios

En algún
lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición.
Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de
la fotografía, un oficial británico levanta la espada y
va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto
de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones
podrá ‘ver’ cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos
sanguinolentos, vísceras, miembros amputados.
Los
hombres eran rebeldes.

En algún
lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un
negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña
un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo.

Esta es
la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda
fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en
un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero.

En algún
lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan
a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano
derecha. El palestino había tirado piedras.

Estados Unidos
de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales
norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo
islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y
las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa
daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder
bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros,
reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.

Las fotografías
de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas
se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica
expectativa, de la muerte abyecta.

En Nueva
York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y
sin novedad de una catástrofe cinematográfica más,
realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el
técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros
de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda.

El horror,
escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos
de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo
por primera vez ‘aquí estoy’ cuando aquellas personas se lanzaron
al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya.
Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra,
un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una
cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax
aplastado.

Pero hasta
esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido
por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos,
de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios
llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos
soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de
aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y
Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos
camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura.

Siempre tendremos
que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos
muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar.

Una de ellas,
la más criminal, la más absurda, la que más ofende
a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos
y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios.

Ya se ha
dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han
servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario,
han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas,
de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen
uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia
humana.

Al menos
en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor
de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable,
pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no
sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes
contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada
más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos
un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización
real.

A cambio
nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan
falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia
y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir.

Dice Nietzsche
que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo
que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido
y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más
horrendo y cruel.

Durante siglos,
la Inquisición fue, también, como hoy los talibán,
una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente
Links sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos
decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión
y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano
de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía,
el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra
herejía significa.

Y, con todo,
Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido
ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero
para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes
para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y
de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres
gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios
convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres,
han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas
de la Historia.

Los dioses,
pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran
dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´,
ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño
y señor de ella.

No es un
dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de
dólar y se muestra en los carteles que piden para América
(la de Estados Unidos, no la otra…) la bendición divina. Y fue
en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico
que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones
de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones.

Se dirá
que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde
ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no
han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´,
ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera
que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que
ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias
más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que
manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia
un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Al lector
creyente (de cualquier creencia…) que haya conseguido soportar la repugnancia
que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al
ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda,
con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios,
hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos
importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe
del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano,
mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado
demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.


Josè Saramago "El factor Dios"

“Por mi parte, preferiría que se recordaran,
de este siglo sombrío, las luminosas figuras de los pocos individuos de dramático
destino y lucidez implacable que siguieron creyendo, a pesar de todo, que
el hombre merece seguir siendo el objetivo del hombre”
. Esto escribe Tzvetan Todorov en la introducción
a su último trabajo, en el que somete a análisis el sombrío siglo XX, del
que la historia de Jedwabne se convierte en paradigma.

Jedwabne es un topónimo de difícil pronunciación para un latino. Designa
un pequeño pueblo del interior de Polonia en el que mil quinientas personas
mataron o vieron matar con regocijo a otras mil quinientas en julio de 1941,
durante la ocupación alemana. Los muertos eran polacos y los asesinos, sus
vecinos, también. Llevaban cientos de años conviviendo, se saludaban por la
calle, los niños jugaban juntos, se compraban unos a otros las mercaderías
que cubren las necesidades de la vida diaria, y conocían los nombres que correspondían
a cada rostro. Asesinos y víctimas se diferenciaban sólo en una cosa: en la
religión. Los muertos eran judíos y los matadores católicos.

Sólo siete miembros de la comunidad judía
sobrevivieron a una orgía de sangre que duró veinticuatro horas, aunque se
realizó con medios sencillos, como palos, navajas, hachas y fuego. Se salvaron
porque les escondieron en su granja, a riesgo de sus vidas, los miembros de
una familia del pueblo, los Wyrzykowski.

(…) Sí, es posible resistirse al impulso
colectivo que convierte en asesinos a la mitad de los habitantes de un pueblo
y en víctimas a la otra mitad. Lo demuestran los incómodos Wyrzykowski, católicos, granjeros de escasa cultura y filiación
política desconocida
.
Jedwabne es el mundo, el mundo es Jedwabne. Llevamos
miles de años viviendo juntos y cada cierto tiempo nos masacramos o miramos
hacia otro lado mientras nuestros semejantes están siendo masacrados. Sin
embargo, en un siglo caracterizado por la barbarie totalitaria, con millones
y millones de personas víctimas de las guerras, la opresión y el hambre, Todorov
prefiere recordar (sin olvidar a las víctimas y a sus victimarios) esos hombres
y mujeres que
en tiempos de oscuridad (recordando el título de la obra
de Hannah Arendt) supieron
mantener en pie el compromiso con sus semejantes, convirtiéndose en luz para
quienes hoy estamos llamados a continuar con el mismo compromiso.

Incluso en los tiempos más oscuros tenemos
el derecho de esperar cierta iluminación (…) esta iluminación puede llegarnos
menos de teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo
débil que irradian algunos hombres y mujeres en sus vidas y sus obras, bajo
casi todas las circunstancias, y que se extiende sobre el lapso de tiempo
que les fue dado en la tierra. Ojos tan acostumbrados a la oscuridad como
los nuestros difícilmente serán capaces de distinguir si su luz fue la de
una vela o la de un sol deslumbrante. Pero valoraciones objetivas de esta
clase me parecen de importancia secundaria y creo que se pueden dejar a la
posteridad
.
“Les propongo entonces –escribe Sabato y yo me sumo-, con la gravedad de las palabras finales
de la vida, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos,
arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que
una nueva ola de la historia nos levante. Quizá ya lo está haciendo, de un
modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras
del invierno”
.


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Una respuesta a Tanta muerte y tanto horror, tanto !!!

  1. salvatore dijo:

    ciao marisa.bella la poesia che hai messo.un affettuoso saluto.salvo dalla sicilia.ciao
     

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